Jugadores que van y vienen
De esto hace algo más de diez años, época de vacas flacas para La Vanguardia. Cada sábado era una penuria juntar a los ocho jugadores para entrar a la cancha, teníamos cuatro o cinco en el elenco estable y una larguísima lista de satélites que caían cuando les daba la gana. Claro que en ese momento las comunicaciones eran otra cosa; el uso de celulares no estaba masificado, el mail se usaba exclusivamente en la oficina y la expresión “red social” en general remitía a la ayuda en casos de inundación.
En el cerrado grupito de los que armábamos el cuadro, la preocupación era indisimulable. Varias veces habíamos tenido que jugar en inferioridad numérica e incluso habíamos perdido los puntos por no poder reunir la cantidad mínima reglamentaria de jugadores para empezar un partido. Nos devanábamos los sesos pensando en amigos, compañeros de trabajo, de estudio, parientes o vecinos para incorporar al equipo, pero aunque la lista era interminable, al final ninguno agarraba viaje.
Yo, en particular, tenía un candidato perfecto: un muchacho que había conocido por el trabajo y que me llevaba un par de años (confieso que esa época teníamos recelo con los jugadores demasiado jóvenes). El tipo era un futbolero apasionado, dotado de muy buena técnica para el juego, corajudo, responsable y de buen carácter.
¿Qué le faltaba entonces? No le faltaba nada, el problema era lo que le sobraba.
Resulta que el jugador en cuestión estaba casado con una verdadera bruja que veía en el fútbol un lugar de perdición y vaya uno a saber cuántas otras desgracias. Cada partido era una batalla en la que el marido se convertía en una porquería de persona por irse a correr en pantalones cortos detrás de una pelota y dejarla sola toda la tarde. No había forma de que la mujer entendiera o aceptara que al fútbol, sea profesional o amateur, se juega con periodicidad semanal. “¿Cómo? ¿Hoy también hay partido?” era la queja recurrente de cada sábado. Le hacía la vida imposible la muy hija de puta. Terminé por convencerme de que invitarlo era someterlo a un desgaste cada vez más corrosivo y no quería ser responsable de un divorcio.
Así estábamos una tarde, rumiando estas preocupaciones en el vestuario entre vahos de aceite verde y Átomo Desinflamante, cuando se me ocurrió la idea: “¿Y si ponemos a homosexuales?”
A pesar de que apenas lo susurré entre dientes, los muchachos que estaban más cerca me escucharon y quedaron paralizados como si estuvieran frente a un loco echando espuma verde por la boca.
- De verdad, piénsenlo un segundo. Matamos dos pájaros de un tiro, no hay que hacerse problema por quilombos conyugales y conseguimos dos jugadores al precio de uno.
Ya rumbo a la cancha, la discusión se había generalizado y no tardó en aparecer la previsible reacción conservadora del ambiente futbolero.
- Mirá, a mí me parece desubicado – dijo el Negro – Es bastante frecuente que vengan nuestras familias a tomar mate mientras jugamos, ¿cómo les explicamos a los chicos que tenemos a un par de maricones en el equipo? ¿Te parece un buen ejemplo?
- Negro – intervino el Cabezón – si se trata de dar buen ejemplo, acá todos se toman unas cervezas antes del partido y nunca falta algún borracho que termina a las trompadas.
- Y no se olviden de lo que pasó hace poco – aporté mi granito de arena– cuando los vigilantes agarraron al pibe que había robado unos botines, se lo llevaron al galponcito para molerlo a bastonazos y nosotros seguimos jugando como si nada.
- ¿Vos estabas ese día de lluvia, hará dos meses, cuando los compañeros se llevaban a un gordo que gritaba “Ahora vuelvo con el fierro y te agujereo” porque el árbitro lo había expulsado? – metió otra ficha el Cabezón – No creo que mi hija haya aprendido mucho de él.
Empezó el partido y todavía estábamos dando vueltas con el mismo tema.
- Hoy me vas a dar pases, ¿no, cariño? – le gritó el Negro al Chaqueño con voz aflautada.
En el descanso, ya con la lengua afuera mientras nos pasábamos el bidón de agua, el Griego se me acercó con un argumento atendible.
- ¿No te parece que una pareja en el equipo podría traer a la cancha conflictos domésticos? Ponele que vienen con algún despelote desde la casa y explota acá. Se supone que venimos a divertirnos…
- Es verdad, existe ese riesgo– le dije tratando de razonar y echarme agua en la cabeza al mismo tiempo – Pero, fijate una cosa, ¿no nos pasamos igual peleando todo el tiempo? El Gordo y el Rengo eran hermanos y se peleaban todo el día como chicos de jardín de infantes. Eso no es nada, cuando al Pancho se le salta la cadena es capaz de pelearse hasta con el Dalai Lama. ¿Y el Boga que cada tanto baja alguno y tenemos que salir corriendo a cubrirlo para que no lo maten los rivales? ¿Qué nos hace una pelea más?
El segundo tiempo se hizo, como siempre, interminable, pero finalmente nos quedamos con un empate dos a dos bastante digno. Ya cayendo la tarde, con los ánimos más tranquilos en el campamento, reapareció la discusión.
Hasta los más radicalizados terminaron reconociendo que no hay peor pesadilla que ver pasar los minutos con los rivales cambiados tirando centros y nosotros esperando a ese jugador que nunca llegará. O una variante apenas un poco menos vergonzosa, salir por el predio a pescar algún futbolista desocupado y que después se te caiga el alma al piso pasándole la pelota a un compañero que ni sabés cómo se llama jugando en jeans y mocasines.
Por eso aquella tarde se tomó en asamblea una decisión histórica, que después los episodios que se fueron sucediendo (la incorporación de muchachos jóvenes, la mejoría de las comunicaciones) hicieron que nunca tuviera que llevarse a la práctica. A partir de aquel sábado de otoño de 2002, La Vanguardia fue declarado equipo gay friendly.
El sabado 8 de junio, La Vanguardia ratificó su condición de equipo gay friendly llevando a jugar al marinerito Diego.
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